El día que muera.

El día que muera.

A veces escribimos tan solo por expulsar el veneno de dentro,
algo así como esos polvos sin besos
y esas pajas sin pensarte.

Casi siempre escribo de desamor y tristeza porque es el momento en el que escribo,
cuando estoy solo, borracho  y triste.
Cuando estoy feliz, no escribo, tan solo vivo.
Cuando estoy triste, no vivo, tan solo escribo.

Yo recito mis letras fúnebres
porque quiero que sean esos hombros que necesitáis
para llorar todos los que os sentís
ir hacia la tumba de la amarga soledad.

Yo no escribo como si fuera a la oficina
porque las musas son volátiles y dispersas,
o a veces,
incluso son esa vecina.

Yo escribo cuando la poesía
llama a la puerta de mi vida
con una camisa blanca,
que era mía,
unas medias de rejilla
y unas bragas de encaje.

Entonces encajo
los renglones a sus embestidas,
los azotes a mis rimas,
y aprovecho para pintarla con versos volantes
para que la sigan por la mañana
en su apresurada huída.

Mis metáforas son apócrifas,
mi rima libertina
y mi poesía ni es poesía
ni es prosa versada.

Tan solo engarzo letras
en puntas de pluma
y presiono el intro
como un martillo pilón.

En el subsuelo de mi corazón
siempre supe que te quería
y aún sin conocerte
te escriba sonetos a discreción.

En la azotea de mi razón
siempre supe que te olvidaría
y aún sin dejarte
escribía excusas sin ton ni son.

Y cada excusa sonaba a whisky
y sabía a decepción;
destrozaba como un adiós
y olía como una cascada de agua de mar.

Yo ya no sé
si bebo porque escribo
o escribo porque bebo.
Tan solo sé
que hago ambas cosas
por tu maldito recuerdo.

Y es que yo bebo,
y me encanta beber,
pero odio a los borrachos
y a los que no saben beber.

Ahora no tengo miedo a nada
salvo a decir “te quiero”,
por eso me mato cada día
bebiendo, fumando, jodiendo…

El día que tenga un hijo
(y yo lo sepa)
me moriré de miedo
pensando en qué coño le dejo.

Porque tal y como yo vivo
habrá un día
en el que ni su noche
me sea fiel.

Y cuando tenga arrugas en la voz
y la piel quebrada,
cuando los ojos me tiemblen
y las manos estén nubladas
entonces habré sabido morir la vida
y me mataré.

El día que muera
embalsamadme en whisky, joder.
Que los gusanos aprendan
lo que es comer y beber.

Yo, que seré su mesías
y también su dios,
desde aquí les prometo
la eterna salvación.

 

 

 

Ven, verás que desastre.

Ven, verás que desastre.

El objetivo de la ciencia es hacer que las cosas más difíciles puedan ser explicadas de forma sencilla; el objetivo de la poesía es expresar las cosas simples de la manera más incomprensible.
Paul Dirac.

La Poesía miró a los ojos de la Física, sonrió.
-Ven, verás que desastre vamos a hacer tu y yo.

La física es la poesía del Universo
y las matemáticas sus verbos.
Son palabras de números y letras
que encierran ideas complejas,
y te enloquecen como metáforas,
cuando describen procesos en versos,
de incógnitas y constantes llenos,
que llamamos ecuaciones.

Es poéticamente triste
y, sin embargo,
físicamente hermoso
que aunque anhele
el roce de tu piel
tan solo sienta
la repulsión de nuestros átomos
en el vacío que nos separa
en esta atracción irrefrenable.

Se habla de entrelazamiento cuántico
pero para entrelazamiento
el de nuestros cuerpos desnudos.
Que aprenda el helio a fusionarse
y a dar calor,
como nosotros,
y que aprenda el plutonio a fisionarse,
sin destruir todo a su paso,
como nosotros,
y a terminar cada uno por su lado
con un beso en la frente,
una sonrisa y un adiós.
Que paren los neutrones
las explosiones nucleares
y las lágrimas de lluvia radiactiva
y la muerte en cada mirada
de fotones furibundos.

Podría modelar
el vaivén de tus pechos
cuando te aplico un movimiento
armónico,
pero no tan simple,
y tú correspondes
con gemidos en fase
a mis modos normales.

Estudio óptica ondulatoria
cuando la luz y las sombras
juegan en tus curvas
y las sorprendo con la cámara
y las dejo así,
congeladas en blanco y negro,
hasta t=\infty.

Mejor no hablar
de la gravedad
de nuestros cuerpos,
de la relatividad del tiempo,
a tu lado,
ni del horizonte de sucesos
de tu agujero negro.
Tan solo decirte que
hasta la luz se curva
al pasar a tu lado
para poder mirarte
el culo…

-Para para, Poesía, que te estás liando. Volvamos a la página escrita a seguir entremezclándonos como tú y yo sabemos.

Miedo a ganar.

Miedo a ganar.

Miró otra vez la pantalla, nada.
A veces soñaba con que veía la parpadeante luz amarilla que notificaba la llegada, en forma de bits invisibles y volantes, de caracteres que formaban palabras, y esas palabras frases, y esas frases sentimientos cojos.
A veces se intercalaban bits amarillos y calvos que dibujaban caritas amarillas en la pantalla que aspiraban a ser las patéticas muletas de esos sentimientos.

Miró otra vez la pantalla, nada.
Había cometido un error la noche anterior. Había vomitado bits por unos dedos mediocres de verdad y sentimientos. Había dejado de lado la creatividad y, sin sopesar la trascendencia de unas no tan vacías palabras, había dado a enviar una sentencia de muerte.

La lucecita no iba a brillar.
No iba a volver a hablar.


Pareciera que tuviésemos miedo a ganar en experiencias vitales y humanas y basásemos nuestras relaciones en penosas conversaciones de unos y ceros que se dejan la mitad de las cosas por decir en las huellas de nuestros dedos.

En una conversación cara a cara, si nos pasa eso y se nos seca la boca, podemos compensarlo con una caricia en vez de aporrear teclas digitales; pero no, parece que tenemos miedo a abrirnos y desmembrarnos en sentimientos vocalizados sin estar a cubierto tras un parapeto de cinco pulgadas. Abdicamos sonrisas en favor de herederos  redondos y mediocres, con alopecia e ictericia, con una sonrisa fija, o un guiño cómplice, que parece que cambian el tono de la conversación pero que en verdad son tan inservibles como la sonrisa que pones tú delante de la pantalla.

Ya no tenemos nada que decirnos cuando estamos juntos porque lo hemos hablado todo con los dedos, y cuando hablamos solo hablamos para intentar arreglar lo que hemos estropeado con los malentendidos de la inexpresividad de los píxeles.

¿Con quién estará hablando ahora que no está hablando conmigo?
Mierda, seguro que está hablando con otro…


Se encendió la luz de la pantalla.
Esperanza, quedaría con ella.giphy.gif

Collage.

Collage.

Para mí la mujer perfecta sería un collage con:

el culo de una,
las manos de otra,
los ojos de ella,
la sonrisa de la que me hacía sonreír,
las tetas de la penúltima,
el cerebro de la que amé,
el coño de la chica que no besé hasta haberle comido el coño,
los pies de la que me pisó el pecho con un tacón,
el pelo de la que no me acuerdo,
los labios de la que me besaba en la frente,
el cuello de la que tenía la piel de gallina,
la espalda que mis manos buscaba,
los mofletes que me encantaba morder,
las piernas de la que se sentaba en mis piernas,
la voz de la que me salvaba…

Pero me doy cuenta de que, cada vez, cada una fue perfecta para ese momento.
No como yo.

Hay gente dormida en Matrix.

Hay gente dormida en Matrix.

Hay gente dormida
que se pasa la vida
soñando despierta
entre duermevelas de ensueño
y terribles pesadillas sin dueño.

Hay gente dormida
con problemas de desidia
y a ellos yo les receto:
cuatro carcajadas al día
y al menos una poesía
después de cada comida.

Hay gente dormida
que da rienda suelta
a sus deseos sexuales
en sueños húmedos
con los ojos abiertos
tocándose, con ojos cerrados,
deseando que sean realidad.

Hay gente dormida
que no se toma en serio
ni sus propios sueños.
Son sueños perdidos
desde antes de ser concebidos
y aún así siguen soñando
sin poner en el cielo el llanto
por saberse en un coma de espanto.

Hay gente dormida
que se transforma
en patéticas caricaturas,
esperpénticas marionetas,
que acaba perdida
soñando con estrellas
que ya no brillan
y con otras vidas
que ya no titilan.

Hay gente dormida
que tan solo bosteza
sentimientos vacíos
de almas baldías.
A ellos yo les receto:
pastillas de cafeína, rojas o azules,
y sexo una vez al día…
o a la semana,
o al mes,
… que follen.

Y a veces,
yo despierto
y en ese momento
entre vigilia y sueño
me doy cuenta de que nada entiendo,
de que estoy muriendo,
perdiendo el tiempo
soñando
pudiendo vivir los sueños
que aún no pienso.

En teoría.

En teoría.

En teoría él había ido a surfear, pero sin embargo las cosas salieron de otro modo.

Estaba, como cada día, sentado en su terraza favorita de cara al mar. La marea estaba subiendo y había el viento propicio para que las olas no rompieran chapando sino que hacían hermosos tubos por los que surfear.
Tenía la piel morena y curtida por el viento, el Sol y el mar, sus ojos marrones, profundos como el océano que observaban, tenían un brillo especial. Una pipa colgaba sujeta entre sus muelas mientras el humo salía en bocanadas por la rendija de una leve sonrisa torcida.
Hacía cinco días, cabalgando una ola, se había cortado el muslo derecho con la quilla de su propia tabla.
La aparatosa herida le impedía surfear pues era en su pierna derecha sobre la que descargaba todo su peso en el centro de la tabla así que se pasaba las horas muertas sentado en la terraza de ese bar fumando en pipa y tomando café con hielo mientras la miraba surfear.

La primera vez que la vio fue el mismo día en el que se cortó la pierna. Él ya estaba dentro del mar, sentado en su tabla buscando un pico que diese unas buenas olas, cuando la vio entrar en el agua y ponerse a remar en su tabla hasta llegar cerca de donde estaba él.
Ella sonrió y siguió nadando un poco más profundo.
Ella surfeaba de un modo que sólo podía explicarse con un ápice de locura. Surfeaba como loca, y surfeaba bien. Subía y bajaba de las olas hacíendolas suyas, domando al animal más vivo y más indómito como si fuese la cosa más fácil del mundo. Y sonreía.
Ella fue quien le ayudó a salir del agua cuando se cortó la pierna.

Llevaba mirándola cuatro días y ella lo veía en la terraza, sabía que la miraba porque alzaba la cabeza sonriendo hacia él cada vez que cogía una ola de esas que te ponen el corazón a mil. Era perfecta, y era como el mar. A veces calmada y otras era la peor furia que pueda uno imaginarse.
Se estaba enamorando tal y como se había enamorado del mar hacía tanto tiempo atrás. Y él lo sabía pues la miraba con los mismos ojos con los que miraba al mar.

En teoría él había venido a hacer surf y había terminado enamorándose.
Todavía no había hablado con ella desde el día del accidente. Tan solo entrecruzaban miradas y sonrisas.

La herida del chico se infectó y acabó en el hospital.

La chica no le vio en la terraza aquel día.
Surfeó preguntándose por qué no había hablado a aquel chico antes.
Y surfeó mal. Y una ola por las que su locura hacía oídos sordos a su cordura la derribó de su tabla y con la fuerza que llevaba soltó el invento que la ataba al pie.
Logró salir a la superficie pero estaba en mitad de la serie y la corriente la llevaba a las rocas. Sin la tabla trató de luchar contra la fuerza de su indómito mar, pero cuanto más luchaba más se hundía. La última vez que consiguió salir a la superficie miró a la terraza por última vez y sonrió.

El chico salió del hospital dos días después y fue directamente a la terraza del bar. Se sentó y pidió un café con hielos mientras se preparaba una pipa.
Cojeando fue hasta una mesa cercana para coger el periódico del día.
Mientras volvía a su mesa miró al mar buscándola pero no la vio.
Se sentó y leyó la primera página: Hallado el cuerpo de la joven ahogada antes de ayer.
Cerró los ojos tan sólo para volverlos a abrir a los tres segundos llenos de lágrimas para mirar al mar y reprocharle haberse llevado a la chica que amó.

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Quiero. -@Rockandmetal1

Quiero. -@Rockandmetal1

Yo sólo quiero que seamos amigos. Que en la tarde de depresión de un domingo cada dos meses, seas tú quien llame a mi puerta, me dé un abrazo, me apague la tele y se tire conmigo en el sofá sin intención de remediar mis males y mis problemas, con contarme tu semana me vale. Sólo haz que no piense en ellos, distráeme, que no me siga comiendo la cabeza. Son míos y no te inmiscuiré en ellos, pero líbrame un par de horas. A cambio, seré yo siempre el que te saque la sonrisa cada día de trabajo durante la media hora que compartimos almuerzo y café al mediodía. Sólo quiero que me cuentes detalles de tu infancia, que me relates las anécdotas más divertidas de tu pasado y los dos riamos. Luego, el viernes por la tarde, yo te invitaré a un chocolate con churros y te desvelaré las pequeñas rarezas de nuestro mundo que he descubierto esos últimos días. Te contaré también alguna perversión prohibida y mal vista que no compartiría con otros.

El sábado por la noche uno de los dos pondrá una escusa, nos veremos, pero nada de hablar. Ambos comeremos, pero se nos olvidará incluso hacer la cena. Nos acostaremos, beberemos el uno del otro, disfrutaremos del placer del prójimo casi más que del nuestro y terminaremos corriéndonos como animales salvajes. Una, dos, tres veces, las que hagan falta. Hasta que los vecinos se quejen a gritos y aporreen nuestra puerta. Entonces reiremos juntos hasta casi llorar. Sólo quiero que si después de eso yo tengo calor o tú tienes algo más que hacer, cada uno durmamos por separado, como el resto de los días. Pero que si en lugar de ser así, a ninguno de los dos nos apetece volver a nuestra fría soledad, compartamos esa noche la cama. Y sobre todo quiero que ambas opciones sean igual de válidas y que ninguno de los dos vaya a pensar mal o bien del otro. Porque no le tenemos miedo a la soledad, pero tampoco al amor, en caso de que alguna vez hiciere acto de presencia en nuestras vidas, porque eso son cosas de adultos y nosotros somos niños a los que nada les asusta y todo les da igual.

Sólo quiero que el martes mandemos todo a la mierda y me lleves a ver tu ciudad, que nos perdamos todo el día en ella y descubramos juntos rincones que antes no habías visto. Yo, agradecido, la noche del miércoles te dedicaré un poema que alabe tus muchas virtudes, revista tus escasos defectos y describa con belleza nuestra amistad, esa que tanto envidiarán algunos.

El jueves por la noche engrasaremos la garganta con cerveza. Yo con mis colegas en cualquier bar con futbolín y billar. Tú, con tu amigo, ese que tanto te hace reír…

Yo sólo quiero que cuando venga el cotilla de turno y nos pregunte si tenemos algo, porque vendrán, siempre vienen, nos descojonemos al unísono y le respondamos que no, que sólo somos amigos, pero de los buenos.

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