Piel.

Piel.

En la suave piel del interior del hueco
de entre las piernas de las mil musas,
que a punta de lengua libre, peco
encontrando las mejores excusas.

Los tres lunares de tu clavícula
eran puntos suspensivos cada noche
con( )fundido en negro de película
con gritos vecinales de reproche.

El punto de (mi) fuga en tu línea
de la espalda, el juego de sombras
que dan a luz en tus curvas desnudas.

Tu maldita sonrisa carmínea,
cueva de tu lengua cuando me nombras,
que me besa, traidora, como Judas.

Te odiaré toda la vida.

Te odiaré toda la vida.

Te odiaré toda la vida, sin sonrisa
desmedida por culpa de tu huida,
até con besos y caricias tu prisa
pero ya estabas loca, ya ida.

Para escribir hay que haber vivido
y yo me bebí la vida en tus labios
sabiendo que sin ellos estoy perdido
sabiendo que olvidarlos es de sabios.

Eres la idiota de mis idoteces
soy el hombre que te mereces
y aunque te vayas no te olvidaré.

Fuiste mi alegría y mi tormento
fuiste un error sin arrepentimiento
felicidad al momento… No te odiaré.

Verdades a medias.

Verdades a medias.

Si lo dice todo el mundo entonces eso es la mentira más grande del mundo.

Las verdades a medias
son mentiras por fascículos.
Son pequeñas mentiras
vestidas de verdad
con máscaras de carnaval
que juguetean
y se propagan
y hablan entre sí;
se ponen en tu contra
y suman la mentira entera.

El doble sentido de un signo de puntuación,
la tergiversación de la realidad,
el engaño sibilino,
la estafa por omisión,
la media verdad.

Tengo una lista
de verdades a medias
que renuevo cada día
para no olvidar
la mentira de ayer.

Pero, ¿hay alguna verdad
que no lo sea a medias?
Toda verdad es susceptible
de ser en algo mentira.
Los recuerdos son mentira.
Por eso nuestras verdades
son verdades a medias.

Hay mentiras bonitas
que son verdades a medias:
-Todo va a ir bien.
-Te querré siempre.
-La poesía.

Me rompieron la alas
y me impidieron volar
al final resulta
que todo era una media verdad.
Y la verdad en medias de rejilla
es sinónimo de erección.
Pero cuidado
si con otra te pilla
un “No es lo que parece.”
tan solo es otra mentira más.

La mitad de lo que escribo
es una horrible mentira.
La otra mitad
una cruel realidad.
Pero incluso esto
tiene algo de media verdad.

Hola, me llamo Hank.

Hola, me llamo Hank.

A principios de marzo del 94
murió Henry Charles Bukowski
más conocido como Hank.
Su espíritu voló a la deriva,
conociendo mundo,
como una botella vacía sin mensaje dentro.
A mediados de octubre del 94
nací yo y con el primer aliento me lo bebí.
Enrique Vasallo,
más conocido como Hank.

Dice una frase:
“No por beber como Bukowski
(ni por bebértelo)
vas a escribir como Bukowski”.
Ni quiero, aunque beba como un condenado,
ni quiero la voz de Tom Waits,
ni el sombrero de Leonard Cohen.

Yo soy yo.
Soy el hombre solitario que nunca está solo
pero que se siente solo
y bebe para sentirse acompañado
pero solo le rodean sus recuerdos
y en ellos,
a veces,
está solo.

Soy el hombre de sentimientos
silentes
y callados,
pero sobretodo resiliente,
y por eso escribo.

Soy como el payaso triste
que sonríe por fuera
y llora por dentro.
Una caricatura falsa
de un hombre incompleto.

Soy el hombre que asiente,
callado,
cuando te escucha hablar
y que de verdad escucha.

Soy el hombre de las mil caras
que solo tiene una,
detrás de la barba,
pero tiene mil maneras de ser
y otras mil de actuar.

Yo no soy esclavo de mis adicciones
sino que soy su acólito número uno.
Soy fan de los libros de autoayuda
escritos en las botellas de whisky.
Adicto a de mis seis cafés al día
solo y sin azúcar,
como la vida misma.
Un yonki de la nocturnidad con alevosía.
Y un condenado a escribir como me ha enseñado la vida,
doliendo.

Yo no soy de los que escriben bonito
ni finales felices
porque ni la vida es bonita
ni sé que es un final feliz
(excepto si es de un masaje).
Creo que los finales felices
no existen
porque un final no es algo bonito.

Conocer el dolor,
de una vida de sufrimiento,
es el mejor maestro para
escribir todas las palabras que te definen.
La vida es la mejor profesora de literatura
porque enseña el significado de dolor.
Te enseña palabras para quitarte
pesos de encima
y te sangras las yemas de los dedos
y el fondo de la garganta de gritar en silencio.

El dolor hace sangre en el corazón
que bombea hacia afuera,
ahogándote,
y retumba en los oídos.

Soy el que escribe para bombardearos
sentimientos en el pecho,
para que os retumbe como a mí
y haceros sentir la emoción de la vida.
Entonces es cuando dices
lo que tienes que decir,
sin tener que dar a entender,
sin ocultarte detrás de metáforas.

Buscamos el alma en las cosas,
en cosas que no tiene alma,
y luego nos encontramos mirando a personas
como a caparazones secos
sin mirar más adentro.
Si lo hiciésemos
veríamos que tampoco tenemos alma
pero, si tienes suerte,
quizá encuentres un cerebro
al que poder acariciar con palabras.

Soy el hombre que folla cuerpos
recordando cómo era hacer el amor con tu cerebro.
Soy el hombre que recoge pájaros tristes/azules
y rotos y les arregla las alas
y luego mira cómo se van…
solo que no son pájaros
sino mujeres.
Pero como dijo el otro Hank:
“Siempre hay una mujer que te salva de otra,
y mientras esa mujer te salva,
se prepara a destruirte.”

Y todos escribimos
cuando nos damos cuenta
de lo que hemos perdido.

Y entonces te das cuenta de que ya no está
y escribes poesía,
esa poesía que te pide nacer
que quiere existir
porque parece que tiene alma.
Y yo que empecé escribiendo relatos sin alma
ahora me doy cuenta de que mis relatos
los hago poemas
y rimo historias
que termino en 129 versos
y 129 puntos y aparte
que cobran vida.

Y cuando a un hombre parece
que ya no le queda nada más que su propia muerte
entonces hay que encargarse
de que sea una muerte memorable,
tan solo importa eso.

Bukowski murió de leucemia
y este poema y yo
morimos por mi desidia.

 

Portales.

Portales.

Hace tiempo me di cuenta de que odio los portales.
Los odio porque me recuerdan a ellas,
sus manías,
sus locuras,
todo lo que hice en ellos.
Los odio porque me recuerdan la espera
antes del timbrazo,
antes del “¿Quién es?”,
del “Soy yo”
y del “Sube”,
que era mágico.

Odio las escaleras tras los portales,
los ascensores, sin horrible melodía,
pero con voz de mujer,
que al cerrarse la puerta gimen:
“Subiendo”
y se muerden el labio
y luego siempre se confunden
y susurran:
“Abriendo piernas”.

Odio asomarme por la ventana de tu habitación
ver el portal de la chica anterior y recordar
cómo a las cinco de la mañana
de hace apenas dos semanas
me empotraba contra la pared de su portal.

Odio pasar delante de ellos y echar de menos
las sensación previa a subir a sus casas:
los nervios,
las ganas,
las sonrisas idiotas.
Echo más de menos eso y a los portales
que a las mujeres que habitan tras sus puertas.
Porque los portales son murallas
alrededor de sus corazones
y una vez los traspasas casi todo está hecho;
tan solo queda unas escaleras,
atravesar una puerta
y un beso en el pecho izquierdo
para estar lo más cerca de entrar en él.

Las prisas por entrar
y no saber meter_la
llave en la cerradura.
El tintineo de los botones
de su blusa al caer en el suelo
y el trabajo de manos
que doman cinturones.
No hubo mejores hielos
que los azulejos en tu espalda,
ni mejores preliminares
que jugar en los escalones.

Odio los portales de besos extraviados,
los portales con sabor a despedida
y los portales que no conocí, ni conoceré.
Odio las charlas a las tantas de la madrugada
sentados en los escalones
porque tenía miedo de dejarme entrar.
Odio la moralidad de los pasamanos
que reprochaban tu culo sobre ellos
y la maldad de los sensores de movimiento
que nos encendían la luz cuando paraban los besos.
Odio los mil pisos en ascensor
que se pasaban en medio segundo
y no me dejaban disfrutarte frente al espejo.

Hay días que evito calles
para no encontrarme con ellos.
Pero hay calles que no puedo evitar
y cierro los ojos
pero es peor
y en el reverso de mis párpados
aparece el piso y la letra
y los ojos de cada una de ellas
pero no recuerdo sus nombres
y duelen los ojos
y pican
y los abro
y entonces veo menos,
tan solo la calle,
el portal ya ha pasado
y los recuerdos se han ido
y camino con miedo
porque el próximo portal
está aún por llegar.

 

Deberíamos estar fallando.

Deberíamos estar fallando.

Lo bonito del amor es que se parece a la locura.

De fondo
suena La Canción de las Noches Perdidas
te levanto la falda,
suspiro,
sabiendo que esta noche
no estoy tan solo como la Luna.
La mano que me sobra te aprieta el cuello
y te acerca la oreja a mi comisura:
Tienes mi corazón en tu puño.
Susurro.

No deberíamos estar fallando
todo lo que fallamos
sino follando
todo lo que deberíamos querer.
Porque si me fallas
te follo
pero no te hago el amor.
Y el amor es ligero
y pide versos libres,
como tú y como yo,
libres sin cadenas ni cuerdas
eso tan solo en la cama, amor.

Mírame cuando te corras
y sí, tu gime:
-¡Dios!
que yo digo:
-Dime.
Y devuélveme mi corazón
tatuándomelo con arañazos
en la espalda.
Porque pocas cosas
hay más bonitas
que arremeter,
a golpe de cadera,
contra ideas fijas
y hacerlas temblar y caer
como la más alta Torre de Babel,
en nuestra cama,
hablando los dos
con lenguas distintas
pero el mismo idioma
con nuestros cuerpos.

Me colgué de tus besos en mi pecho
y me tiré del trampolín de tus pestañas
para hundirme de lleno
en los abrazos de un sueño
justo antes de que un “te quiero”
se perdiera en la punta de mi lengua
y revoloteara así en el cielo de mi boca.
Y tal vez saliera libre con el primer ronquido
pero seguro que para entonces ya estarías dormida
y ese te quiero sigue planeando ligero,
como el amor,
entre las paredes de tu habitación.
Búscalo.

Y quizá tenga suerte
y no lo encuentres
porque odio la irreversibilidad de un “te quiero”.
Apenas puedes hacerlo reversible
con procesos cuasiestáticos e isoentrópicos.
Porque normalmente
un “te quiero” se queda ahí
como una losa
que lleva por epitafio: “Gracias”
y que marca tu sentencia de muerte.
Pero si tienes suerte
acaba como un hito,
en el camino de tu vida,
que indica el inicio de la felicidad.

Un cielo sin respuestas.

Un cielo sin respuestas.

“Las respuestas a casi todos los problemas de la vida
es algo multiplicado por π.”

Busqué respuestas
entre sábanas revueltas
de camas no tan vacías,
pero ya olvidadas,
que daban respuestas rápidas
repletas de perversión.

Busqué respuestas
en el vacío del cenicero,
hasta verlo lleno,
y en el pálido folio,
hasta hacerlo negro,
y tan solo encontré
un montón de excusas
y campanas repicando a muerto.

Busqué respuestas
en las sagradas escrituras
pero tan solo encontré
aburridas moralejas
y alegorías difusas
como en un cuento chino más.

Busqué respuestas
en los posos del café
pero tan solo encontré
otra fantástica adicción
para las noches de auto-aversión.

Busqué respuestas
en el fondo de tus ojos,
en el brillo de su recuerdo,
pero tan solo encontré
el fondo del vaso de whisky
reprochándome
buscarte otra vez.

Ahora uno tus pecas y lunares
con líneas poligonales
que siempre terminan
en signos de interrogación.
Te lleno
el cuerpo de dudas
y tu maldita locura
convierte mis excusas
en mis
“puedo”,
en mis
“quiero”.
Ahora ya no busco estrellas
en el cielo sin respuestas
que cubre tu cama
porque he dejado de pensar
en lo que está por llegar.