Vamos a contar mentiras.

Vamos a contar mentiras.

El amor es la ruleta de la fortuna
en las calles de Stalingrado,
es la risa
de los mutilados y desamparados.

Amor es la angustia vital
de quien ha dejado de querer vivir.

Amor son los ojos húmedos
mientras te folla otra
y los mundos sumergidos
en el humor acuoso
de sus ojos.

Amor es un retortijón
de mariposas disecadas.

Amor no es hacer poemas
de su coño
sino de su cerebro.

Amor es que te tiemble
el corazón y
no la voz.

Amor es cometerte,
error,
una y otra vez.

Amor es el final de una paja
triste
al inicio de la noche
que puso fin a mis rimas.

Amor es la sonrisa
cuando suena el disparo
y extiendes los brazos.

Amor es un beso en la mejilla
y treinta monedas de plata
con una soga al cuello.

Amor es que se apague la llama
de un incendio helado,
es un “para siempre”
que no llega a mañana.

Amor es sonreír cuando ningún
silencio
sea incómodo.

Amor es hacer mínima
la distancia entre
tus sístoles
y mis diástoles.

Amor es abrir la jaula
del pájaro azul
de tu risa.

Amor es ira y rabia sostenida,
es odiar
pero de otra manera.

Amor es lo efímero de una verdad
que no queremos ver,
es otra mentira
que no dejamos ver.

Amor es que sangre la esperanza.

Amor es color rojo
cuando debería ser
cualquier otro color
menos el rojo.

Amor es miedo a estar solo.

Amor es que no seas solo musa.

Amor es un mechero
sin piedra
que aún tiene gas.

Amor es la voz ronca
de gritar tu nombre
por las noches.

Amor es liarte cigarros
para no liarte con otras.

Amor es entender que
el cerebro y
el corazón
van de la mano
y son uno.

Amor es no saber qué
vas a escribir
pero hacerlo
porque te lo pide el alma.

Amor es un final,
el “amor” tan solo es eso.

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Amores de barra.

Amores de barra.

En los ojos de una mujer
está el cuerpo de todas,
la sabiduría de cada una de ellas
y la seguridad en sí misma de Eva.

En la sonrisa de una mujer
está la provocación de todas,
la felicidad de cada una de ellas
y la tentación de Eva.

Sois carne de nailon
con medias de piel de rejilla
que miran con la calma de mil generaciones
haciéndonos vuestros.

Sois melena al viento
con moño de desacato a la autoridad.
Sois excusa de nocturnidad
y motivo de alevosía.

Las mujeres sois lobas para el hombre,
con piel de cordero,
y nosotros somos ovejas
con disfraz de lobo feroz
que buscamos Caperucitas
de las que te follan y resucitas.

Sois el desamor en la barra
que separa nuestros compases,
lo estrambótico de un flechazo
comprando una barra de pan,
y lo libidinoso de un aleteo de pestañas,
boca abajo,
en una barra americana.

Los mordiscos se miden en gemidos
atada a las barras del cabecero de mi cama.
Me enamoré de los corazones que pintabas
en barra de labios
cuando tu barra libre de besos me cubría el pecho.
Me caí al abismo de tu espalda
en la barra de equilibrios de la raja de tu falda.

Me duelen los codos
de chaparme las barras de los bares
barriendo para dentro
cuando te pones de morros;
porque abrir el corazón
ya es hacerse una herida
cuando vamos andando por la vida
sin manos,
y con la primera caída
nos dejamos los piños
y en la última,
en la última,
se nos sale el corazón.

Asesino de estrellas.

Asesino de estrellas.

Me senté en la cara oculta de la Luna
dando la espalda a la Tierra
y a los que se quedaron en ella.

“Y sin embargo se mueve”:
pensé, viendo un universo
estático frente a mí.

Una lágrima recorrió mi mejilla,
con los ojos cerrados,
porque mis sueños
están perlados de estrellas
y en las estrellas la miro a ella.

Fue la razón por la que me convertí
en asesino de estrellas,
por la que dejé el cielo a oscuras
y el mundo en sombras.

Ya no hubo atardeceres
ni amaneceres,
ni rojos
ni dorados,
tan solo hubo negro
sobre negro.

Le di al interruptor
que apagaba los luceros del cielo
y tan solo se escuchó
un suave click
y un ligero zumbido
de fluorescente apagado.

La oscuridad envolvió el universo
y el frío lo llenó todo
haciendo juego con las sombras
de mi helado interior.

El silencio retumbó
haciendo eco en los latidos
de un corazón no tan muerto;
un corazón que aún sabe
lo que es latir recuerdos
del calor de otro corazón desnudo
a un abrazo de distancia.

Con ese recuerdo
apareció una sonrisa;
el fin de una glaciación interna
y un delirio febril
hicieron click en el interruptor universal.

Las estrellas titilaron,
con un zumbido de fluorescente,
volvió el calor
y se iluminaron las sombras.

Me fui a sentar
mirando otra vez de cara
a ese planeta azul
que me devolvía la mirada.

Hoy te he olido en el metro.

Hoy te he olido en el metro.

Te he olido porque hubo un día
en el que miré al sol
para quedarme ciego con tu recuerdo
y poder memorizar tu olor.

Tu piel olía a caricias,
sabía a la sal del mar de los atardeceres,
era suave como el calor de la primavera
y reconfortaba como las madrugadas en tu cama.

Hoy te he olido en el metro,
entre la gente que olía a noche cerrada,
y he recordado el brillar del sol
pero a ti no te he visto.

Supongo que alguien
se había puesto tu colonia.

Nadie es más que nadie.

Nadie es más que nadie.

Me hacen gracia
los poemas de refugiados
que hablan de sufrimientos ahogados,
que escriben personas
que no los han sufrido
con palabras sin aliento.

Palabras vacías que se quejan
y no dicen nada,
palabras gritadas sin voz
que no llevan aires de cambio
de futuro
sino que suenan a repetición
de presente.

Palabras que duelen
los cinco segundos
que te hacen eco en el cerebro
pero que no distan más.

Palabras que no son puente
entre culturas,
ni el grito de personas valientes
que abandonan,
sin mirar atrás,
una tierra ardiente
con la esperanza de encontrar
tras el mar
una vida corriente.

Y sí, digo corriente,
como la nuestra
donde corre el agua
a borbotones por los grifos.
Corriente porque aquí la gente
corre por diversión,
o eso dicen,
y no para comer.
Corriente
donde poder tener
algo de dinero
para guardar en
cuentas corrientes.

Necesitamos más palabras
con aliento de cambio de futuro
(no como estas)
para que de una vez por todas
ellos,

y yo
seamos gente corriente.